El sistema de comercio de emisiones de la UE (EU ETS) es una piedra angular de la política de la UE para combatir el cambio climático y su herramienta clave para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de manera rentable.

Nació en 2005 con el objetivo de ir reduciendo las emisiones de más de 11.000 plantas eléctricas e industriales de los 28 países de la UE. El EU ETS es el primer sistema internacional de comercio de emisiones del mundo. Sigue siendo el más grande, que representa más de tres cuartas partes del comercio internacional de CO2.

El ETS de la UE funciona según el principio de “límite y comercio”. Se establece un tope para la cantidad total de ciertos gases de efecto invernadero que pueden emitir las instalaciones cubiertas por el sistema. El límite se reduce con el tiempo de modo que las emisiones totales caen.

Dentro del límite, las empresas reciben o compran derechos de emisión que pueden intercambiar entre ellos según sea necesario. También pueden comprar cantidades limitadas de créditos internacionales de proyectos de ahorro de emisiones en todo el mundo. El límite en el número total de permisos disponibles garantiza que tengan un valor.

Después de cada año, una empresa debe entregar suficientes asignaciones para cubrir todas sus emisiones, de lo contrario, se imponen fuertes multas. Si una compañía reduce sus emisiones, puede mantener las reservas sobrantes para cubrir sus necesidades futuras o bien venderlas a otra compañía que no tenga suficientes permisos.

El comercio brinda flexibilidad que garantiza que las emisiones se reduzcan donde menos cuesta hacerlo . Un precio robusto del carbono también promueve la inversión en tecnologías limpias y bajas en carbono.

Al fin y al cabo, lo que se hace es que se le ponga un precio al CO2. Este precio no es fijo. Digamos que cotiza en el mercado como si se tratase de una materia prima más. Hace un año rondaba los cinco euros tCO2 y claro su efecto era mínimo. Pero en los últimos 12 meses su precio se ha disparado al calor de la amenaza de varios países europeos de poner fin al CO2 y establecer un precio mínimo al carbono.

¿Qué ha sucedido? El precio ha alcanzado la cota de los 16 euros t CO2 emitida. Y en vez de repercutir en las empresas eléctricas, propietarias de las centrales térmicas tanto de carbón como de gas, se le atribuye directamente al consumidor a través del precio de la electricidad. Digamos que se trata de un nuevo impuesto eléctrico, pero que el que contamina, no paga, lo hace el de siempre, el consumidor.

El sistema de comercio de emisiones se ha convertido en un sistema perverso. Es cierto que consigue reducir las emisiones porque se les pone un límite a las mismas. Pero lo malo es que se le ha trasladado el precio al consumidor. Así se puede ver reflejado en el precio de la electricidad de los mercados de los países que más utilizan estas centrales térmicas.

El precio ha subido, y mucho. En España ronda los 60 euros MWh, en parte por culpa de que se haya triplicado el precio del CO2. ¿Era esto lo que se pretendía? ¿Cuál va a ser el coste que tendremos que pagar los consumidores para que dejen de contaminar las centrales?

Haciendo un cálculo rápido, cada tonelada emitida de CO2 es equivalente a un euro MWh de coste en el caso del carbón, mientras que en el del gas es la mitad, medio euro MWh.

Se busca que el precio del gas y del carbón se equiparen y así las centrales térmicas tendrán más difícil entrar en el mercado. Pero eso no ocurirrá tan fácil, y sobre todo, generará un sobrecoste a los consumidores. Según un informe de Carbon Tracker, en igualdad de condiciones, los precios de carbono de la UE deberán aumentar otros 12 € / ton (a 28 € / ton) para engendrar en masa el intercambio de carbón a gas y así tener cierta prioridad de despacho.

Con lo que está sucediendo en el mercado es injusto que sea el consumidor quién pague los costes de la transición. Una central de carbón sigue emitiendo mucho CO2, pero sigue siendo más o menos rentable. Y más si sus costes se repercuten en el consumidor. El precio del CO2 debería reflejarse en las cuentas de las plantas y no en el precio, al final no se consigue el efecto de ir retirando las centrales porque ya no son rentables. Están al límite, pero mientras sigan produciendo energía les irá más o menos bien porque los costes del CO2 no los pagan ellos, lo hacemos tú y yo y el de más allá.

Se ha convertido el precio del carbono en una pescadilla que se muerde la cola. Como todo el sistema eléctrico en general y se debería hacer una reforma para que los consumidores dejasen de seguir pagando todo esto a costa de las empresas. Es cierto que son, o se espera que sean los últimos coletazos del carbón en Europa, pero el coste está siendo muy caro. El objetivo es reducir emisiones, no que cueste un ojo de la cara al consumidor.

¿Por qué no se estudia la fórmula de reducir emisiones a través de un menor consumo de energía? A mayores políticas de eficiencia, mayor reducción de emisiones. Pruébenlo.

Fuente:https://elperiodicodelaenergia.com/cuando-el-precio-del-co2-se-convierte-en-un-impuesto-electrico-mas-y-lo-acaba-pagando-el-consumidor/