Si las tendencias energéticas recientes continúan durante otros dos años, la participación de las energías renovables en la generación eléctrica mundial, excluida la energía hidroeléctrica, superará a la nuclear por primera vez.

Incluso hace 20 años, este declive nuclear habría sorprendido enormemente a muchas personas, pero ahora muy especialmente dado que la reducción de las emisiones de carbono ocupa un lugar prioritario en la agenda política.

En un nivel, esta es una historia sobre los cambios en los costos relativos. Los costes de la energía solar y eólica se han desplomado mientras que la energía nuclear se ha vuelto increíblemente cara.

David Toke, profesor de Política Energética en el Departamento de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Aberdeen, ha publicado recientemente el libro Low Carbon Politics, en el que aborda cómo las políticas y las instituciones han influido en el desarrollo de la energía renovable y la energía nuclear en el sector eléctrico.

El autor utiliza la teoría cultural para analizar esta realidad y llegar a la conclusión de que las presiones ecologistas han tenido una profunda influencia en los resultados tecnológicos, no solo para asegurar el despliegue de energías renovables sino también para aumentar los costes de la energía nuclear.

Mientras que en la década de 1970 se podría haber esperado que las presiones de las corporaciones empresariales partidarias del libre mercado, aliadas a las jerarquías dominantes, apoyaran la energía nuclear como la principal respuesta a los problemas asociados a los combustibles fósiles, ahora ha surgido una combinación sorprendente: las presiones de ecologistas y corporaciones empresariales están, en conjunto, impulsando el creciente desarrollo de las energías renovables.

El autor encuentra que las prioridades de políticos, grupos ecologistas y empresas no han cambiado mucho en los últimos años. Los gobiernos tienden a favorecer la energía nuclear, ya que las grandes centrales eléctricas simplifican la planificación de la red y la energía nuclear complementa las capacidades de armas nucleares consideradas importantes para la seguridad nacional.

Los grupos ecologistas como Greenpeace y Friends of the Earth (Amigos de la Tierra) generalmente se oponen a las nuevas centrales de energía nuclear y favorecen las energías renovables. Tradicionalmente se han preocupado por el daño ambiental radiactivo y la proliferación nuclear. Los empresarios, más individualistas que los anteriores, tienden a favorecer las tecnologías que reducen los costes.

Según Toke, estas realidades culturales están detrás de los problemas experimentados por la energía nuclear. Para empeorar la oposición verde, muchos de los partidarios de la energía nuclear se encuentran en algunos gobiernos conservadores que son más escépticos sobre la necesidad de reducir las emisiones de carbono o la consideran como una prioridad menor.

Por lo tanto, a menudo son incapaces o no están dispuestos a movilizar argumentos sobre el cambio climático para apoyar la energía nuclear. Esto ha tenido varias consecuencias. Los grupos ecologistas lograron subsidios para las tecnologías renovables persuadiendo a los gobiernos más liberales de que debían enfrentar el cambio climático: una prueba fue el impulso que tanto Greenpeace como Friends of the Earth dieron a las tarifas de alimentación que impulsaron la energía eólica a finales de la década de 2000. A su vez, tanto la energía eólica como la solar se han optimizado y sus costes se han reducido drásticamente.

La nuclear, por su parte, ha perdido en gran medida los subsidios por reducción de carbono. Peor aún, los grupos verdes persuadieron a los gobiernos ya en la década de 1970 que los estándares de seguridad alrededor de las centrales nucleares necesitaban mejorar, lo que elevó los costos.

En cuanto a las empresas, generalmente no estaban convencidas de la energía renovable y se mostraban escépticas frente a la oposición ambiental a la energía nuclear. Pero a medida que los costos relativos han cambiado, las posiciones van cambiando cada vez más.

Para Toke, los gobiernos aún utilizan a las eléctricas monopolísticas para apoyar la energía nuclear, pero el mundo empresarial los presiona cada vez más para que los mercados sean más competitivos y se pueda invertir en energías renovables con mayor facilidad. Y como resultado, se está observando en muchos sitios una alianza entre los movimientos ecologistas y las empresas frente a los gobiernos conservadores.

La Administración de Donald Trump en EEUU, por ejemplo, ha buscado subsidios para mantener en funcionamiento las estaciones existentes de carbón y energía nuclear. Esto se debe tanto a la preocupación por la seguridad nacional como al apoyo de un sistema tradicionalmente centralizado.

Sin embargo, esta posición ha chocado con las corporaciones que impulsan las energías renovables. Los planes de Trump incluso han sido rechazados por algunas de las personas que él mismo ha nombrado en la Comisión Federal Reguladora de Energía.

De forma similar, los monopolios de suministro eléctrico en Georgia y Carolina del Sur comenzaron a construir nuevas centrales nucleares después de que las agencias reguladoras les permitieran cobrar los pagos obligatorios de los consumidores para cubrir los costes al mismo tiempo.

Sin embargo, incluso los gobiernos no pueden ignorar por completo la realidad económica. El proyecto de Carolina del Sur ha sido abandonado y el proyecto de Georgia solo sobrevive a través de un gran rescate de préstamos federales.

Nada que ver si se compara para con los complejos de casinos en Nevada, como MGM Resorts, que no solo instala sus propios sistemas solares fotovoltaicos sino que paga muchos millones de dólares para optar por el proveedor eléctrico que controla el monopolio local. Han hecho una campaña exitosa para ganar un referéndum estatal que apoya la liberalización de la electricidad.

El Reino Unido, mientras tanto, es un ejemplo de cómo diferentes sesgos culturales y políticos pueden competir. La política tradicionalmente se ha formado en un estilo en el que las grandes compañías realizan propuestas de políticas que se someten a consultas más amplias. Este sesgo favorece la energía nuclear, pero coexiste con una prioridad clave que se remonta a los tiempos de Margaret Thatcher, por la que los ganadores tecnológicos son elegidos por el mercado.

Esto ha llevado a los encargados de formular políticas en Whitehall a favorecer tanto las energías renovables como la nuclear, pero las compañías eléctricas privadas se han negado principalmente a invertir en energía nuclear, por considerarla demasiado arriesgada y costosa. Las únicas compañías preparadas para llenar el vacío han sido las de capital público, como EDF, que es de propiedad mayoritaria del estado francés, y las corporaciones nucleares estatales chinas.

Incluso entonces, poner en marcha Hinkley C en el sudoeste de Inglaterra -la primera planta nuclear nueva desde la década de 1990- requirió un amplio compromiso del Tesoro del Reino Unido para suscribir préstamos bancarios. Además, van a tener que pagar un precio vergonzosamente alto por la electricidad durante un largo período de 35 años. Tan mal se han hecho las cosas que difícilmente cabe imaginar que un político acepte realizar otra operación más en semejantes términos.

¿Dónde deja esta realidad a los gobiernos? Cada vez más en tener que explicar los costos nucleares prohibitivos a sus electores, al menos en las democracias. La alternativa, a medida que la energía renovable se convierte en la nueva ortodoxia, es aceptarla de buena gana.